Una etapa

Mientras estoy en casa de mis padres observando por la ventana el bar de enfrente, me doy cuenta lo poco que ha cambiado mi barrio en los últimos 20 años. Sí, una tienda de marcos pasa a ser un bar y una peluquería pasa a ser una agencia de viajes, pero la esencia sigue siendo la misma. Un barrio obrero y de clase humilde. Cuando vivía fuera lo recordaba con cierto romanticismo, pero una vez volvía a casa de mis padres de visita recordaba el motivo de mi relación amor-odio.

A la par que el barrio seguía siendo el mismo, yo sentía que iba creciendo… y que tenía otros intereses. Cuando empecé a interesarme por la fotografía, comencé a culpar al barrio por su poca oferta creativa; creía que todo estaba fuera de esta pequeña zona de Valencia, y que no había nada más que sacar. Sentía que mi barrio era una jaula y yo era el animal que quería salir. Por lo tanto, me fui fuera un tiempo indeterminado a encontrar mi potencial creativo, a conocer gente y a empaparme de nuevas experiencias. Nada nuevo, muchos de nosotr@s lo hemos hecho, pero me hacía tanta falta que fue la mejor decisión que tomé. Funcionó, no voy a engañar. Me di cuenta que al salir no sólo de mi barrio, sino también de la ciudad pude conocer gente que me inspiró, vi lugares que me fascinaron y cambiaron mi forma de ver el mundo. Y, aunque todavía estoy descubriéndome, se abrió un mundo de posibilidades las cuales sigo digiriendo todavía.

Mi barrio fue el prólogo de un camino que acabo de empezar. Aquel al que cada vez que vuelvo siento que estamos en deuda constante y que debemos zanjarla. Se palpa en el ambiente esa tensión. Mi inquietud, mi agobio y ganas de volver a salir de la zona. Su calma, templanza y quietud. Yo quería seguir descubriendo, él me mantiene el pulso. Decidí aceptar y entrar en sus entrañas. Sólo hacía falta un proyecto.

La gente le llama sinergia o serendipia, pero poco después descubrí un pequeño curso online en el que proponían retratar tu ciudad a través de una variedad de perspectivas fotográficas. Y no, no vi la luz y salí a hacer fotos. Procrastiné mucho. Pensé demasiado. Volví a procastrinar (soy especialista en esto). Volví a pensar y, tras unos días de lluvia, actué.

La lluvia es el detonante para salir a la calle en muchos de mis casos. Las capas que genera, el cambio en la atmósfera y en el ánimo de la gente. Purifica y limpia y a la vez genera ese ambiente bucólico. Por lo qué empecé a caminar por algunas de las calles para capturar momentos aleatorios, intentando ver entre las bambalinas de ese teatro de asfalto y cemento.

Y entonces, vi belleza. Una belleza particular de un barrio que aguanta y que acoge; que intenta resurgir entre la contemporaneidad. Intenta mimetizarse dando cobijo a nuevas familias, dándoles nuevos recuerdos. Pero manteniéndose altivo. Cómo un titán sugiriendo que seguirá aguantando aunque las viejas vías del tren desaparezcan, aunque la gente mayor se vaya y nueva gente joven genere un nuevo olejae. Por qué mi barrio no dice, te sugiere. Te mira de reojo porqué ya sabes por donde vas. Porqué aunque sepa que te marchas de nuevo, el pulso se ha quedado a medias. Gira su espalda de ladrillo y te dice con un sonoro y gutural sonido: ‘Sé que volverás’. Lo escucho, bajo la cabeza, me giro y susurro: ‘No sé si volveré pero te recordaré’. Sonrío y me voy.

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